13 abril 2011

The Shining

Y como si Jack Torrance me hubiese poseido y de mi maquina vieja-verde de escribir polvo a borbotones saliese...

El repiqueteo de las teclas inundan la habitación, anodina presencia se apodera de la acción. Uno tras otro se suceden los golpes precisos con tal armonía que da pavor. Una presencia descalza es ignorada motivo de la profunda embelesía que produce tal soniquete, mientras tanto... Hojas exhaustas aterrizan en el suelo sin control, una sonrisa de cara llena jura su ignorancia ante juez y jurado. Labios juntos que sellan la paz del presente y que serán detonantes de mil y una guerras en el futuro.
-Déjame trabajar, le decía,
-te entiendo, le respondía.
Mirada larga y tensa que hacían entender las nuevas reglas.
-Wendy, (Silencio).
-Wendy, (Silencio).
-Wendy, get the fuck outta here!.
Las teclas vuelven a sonar con peso y armonia.
ese doble u a ge
ese doble u a ge
S doble u a ge
S doble u a G
S doble u A G
S W A G
S W A G
SWAG SWAG
SWAGSWAGWAGSWAG SWAG SWAG..

Trazos de camino que marca el creador, la punta de su lanza torcida está. Letras borradas, cartas marcadas, la senda de mi destino, SWAG.

10 febrero 2010

My Rhinestone Cowboy


Acaba y vuelve a empezar, Acaba, termina y vuelve a empezar.
Es solo un instante, un momento, un presagio...
esta noche soñaré contigo, my rinhestone cowboy cabalga conmigo.

10 noviembre 2008

Clases de Boxeo

El profesor Bernard Hopkins (y me pongo de pie para escribir su nombre) da una verdadera lección de esas que no se enseñan en los colegios al finalizar el combate que le enfrentó hasta el entonces invicto Kelly Pavlik 17 años más joven, pasen y lean...

"No dejes que esta pelea te destruya, eres un gran campeón mediano. Tienes un gran corazón. Mantén la cabeza en alto. Sigue peleando. Pero tienes que aprender una cosa más. Tienes que aprender ese esquive que los boxeadores afro-americanos tienen y luego te convertirás realmente en un buen campeón. No quiero que abandones. Si tengo que ir a tu casa y llevarte al gimnasio, lo haré."

31 octubre 2008

shaken, not stirren or stirren, not shaken?

Cuestión de principios
Enric González

El martini es la invención americana de mayor perfección estética. Se trata de una bebida de origen incierto, canon estricto e infinitos matices. Exige principios, educación y criterio. Un escritor australiano, Frank Moorhouse, ha dedicado parte de su vida a compilar un tratado exhaustivo sobre este artefacto fugaz y esencial. Moorhouse posee una erudición extraordinaria y una original capacidad opinativa, demostrada, por ejemplo, en un pasaje en el que, muy de paso, habla de su bisexualidad y la desaconseja al lector, sugiriendo que constituye un hábito fatigoso y menos divertido de lo que parece. Con sus propias palabras: "Ni se le ocurra intentarlo".
El martini requiere criterio; éste requiere opinión; ésta requiere reflexión. Y la reflexión requiere escepticismo
La fórmula del martini es sencilla: ginebra y vermut seco, con oliva o rizo de limón. El uso de vodka en lugar de ginebra es aceptado por la mayoría de los expertos. En cuanto a agitarlo o removerlo, ambas opciones son escolásticas. Sin entrar en consideraciones químicas, agitado se enfría más, y revuelto, menos. Ni siquiera James Bond tiene una opinión fija al respecto: suele tomarlo agitado ("shaken, not stirren"), pero en Sólo se vive dos veces lo pide "stirren, not shaken".
Las proporciones constituyen un asunto personal, sobre el que se puede opinar, pero no discutir. A finales del siglo XIX tendían a ser mitad y mitad. En la conferencia de Teherán, Roosevelt sirvió a Stalin y Churchill un martini sucio (con unas gotas de agua de oliva), en proporción de dos a uno. El mariscal Montgomery, que sólo entraba en batalla si disponía de una superioridad abrumadora, lo preparaba en 15-1. Luis Buñuel se limitaba a acercar a la coctelera una botella de vermut. En general, los estudiosos recomiendan 5-1 o 6-1.
Las polémicas en la materia son inagotables. ¿Cuántas olivas? ¿Se comen? ¿Antes, durante, después? ¿Qué se hace con el hueso si no son rellenas de pimiento? En un club londinense, una de las pruebas de admisión consiste en consumir un martini con una oliva. Quien comete cualquiera de las groserías posibles (dejar el hueso en un cenicero, ocultarlo con una servilleta) sufre el veto. La única opción caballerosa consiste en tragárselo.
Cada aficionado tiene su arquetipo. Personalmente, soy de Plymouth y Noilly Prat, 6-1, sin ensuciar, agitado, servido en copa pequeña (hablamos de copa de martini, aunque en el Harry's de Venecia, por razones confusas, utilicen vasitos) y llena hasta el borde, con una oliva ensartada en un mondadientes (el artefacto necesita un eje) y consumido sobre una barra de madera vieja (cuestión de luz). Dos unidades son la cantidad razonable: más allá se cae en el romanticismo. Como con cualquier otra bebida alcohólica, las llaves del coche deben encontrarse a una distancia disuasoria. Idealmente, en otra ciudad.
El martini requiere criterio. El criterio requiere opinión. La opinión requiere reflexión. Y la reflexión requiere escepticismo. Un bebedor de martini no se cree cualquier cosa que lee en su periódico: sabe que los periódicos, como las salchichas, llevan de todo, y no conviene estar presente cuando se elaboran. Tampoco cree, por supuesto, todo lo que dice el gobierno, sea del partido al que vota, del partido al que odia, o ambas cosas. Por supuesto, para mantener una mínima distancia intelectual ante los mensajes interesados (incluso los consejos maternos lo son) no es imprescindible la coctelera.
Un correcto bebedor de martini respeta los cánones, pero soporta mal los tópicos. Puede ser de izquierdas y no tragarse lo de que la derecha española es la más impresentable de Europa: mientras por todo el continente se agita la xenofobia contra el inmigrante, el pobre Rajoy sólo agita una bandera española. Puede ser progresista y horrorizarse ante palabras como "eutanasia". Puede ser socialista y espantarse con el gobierno, por razones demasiado numerosas para citarlas aquí. Puede aceptar el mercado sin olvidar que es sólo un mecanismo de atribución de precios. Puede aborrecer el sectarismo y confiar, sin embargo (el martini insufla optimismo), en que EL PAÍS siga siendo de izquierdas. Puede ser ateo y considerar que los obispos, a veces, tienen razón: a mí me pasa, sobre todo si tomo una tercera copa.
Casi nadie lee completos los textos de un periódico. En realidad no hace falta, salvo si los firma Sol Gallego-Díaz. Llegados a este momento íntimo, resta decir que esta columna, mientras dure, hablará de libros de escasa difusión e interés limitado: culturilla excéntrica en tres minutos. Un diario es, sobre todo, un negocio. Secundariamente, es un instrumento de poder. En ocasiones funciona también como servicio al lector.

Publicado en el diario Elpaís el 21/10/2007 Amén

28 julio 2008

DISCULPEN LAS MOLESTIAS


Ante los recientes desacuerdos entre la direccion de este blog y la empresa que representa al señor Navarro os dejamos con minutos musicales hasta que solucionemos el entuerto.. Muchas gracias y disculpen las molestias.